Miedo a la muerte es miedo a la verdad.

Por Margarita Sánchez Prieto

El Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam cierra su programa de exposiciones de 2018 con la exhibición Miedo a la muerte es miedo a la verdad conformada por la serie Letargo, uno de los conjuntos más contundentes que haya producido Alejandro Campins hasta hoy. A través de las pinturas, dibujos y fotos que la integran, el artista nos convida a reflexionar sobre las nociones de pérdida y transformación aparejadas a la muerte, a partir de esas extrañas construcciones que tensionan el paisaje de muchos países: los bunkers. Es posible que la curiosidad que suelen suscitar se incremente al saber que existen en alto número y variedad en varias zonas del planeta, realidad que el artista supo cuando se propuso conocerlos personalmente y le hizo preguntarse la razón de su existencia, así como intentar modificar su sino a través de su representación. 

Los bunkers fueron construidos por naciones inmersas en (posibles) conflictos bélicos con una finalidad defensiva y, en opinión del artista, expresan al mismo tiempo el temor a la pérdida, al fracaso. A nivel personal, de familia y hasta de país, se van creando sistemas de defensa y protección por miedo no sólo a la pérdida sino al cambio. Según Campins el cambio constante, la impermanencia, es lo que nos da miedo. Constantemente nos construimos sistemas mentales y físicos de protección al cambio en todos los órdenes. En periodos de la historia ensombrecidos por las amenazas bélicas, el afán de dominio u otras causas, muchos bunkers fueron construidos y su presencia ominosa nos hace preguntarnos si las razones que los originaron llegarán a su fin algún día o no, y si al menos será posible la convivencia. Pero no siempre queda claro la función e identidad de estos recintos fortificados. De ahí que al bunker se le asocie con poderes ocultos, a veces anónimos, donde hay mucha tensión. Sin dudas, constituyen sitios con gran carga emocional que hablan por sí solos. Para Campins son un pretexto para hablar de los grandes temas que rigen la vida.        

Con vistas a realzar su entidad de residuo bélico, de fantasma del pasado, pero sobre todo dar la sensación de que estuvieran hibernando, Campins le imprime a algunos bunkers una apariencia un tanto borrosa, a otros por el contrario nítida y engañosamente apacible, pero desde una centralidad y/o dimensiones que resulten amenazantes. 

Aunque todas la pinturas estuvieron inspiradas en bunkers “reales”, en ninguna de las fichas de identificación se reporta dato alguno del referente, ni el país y ni el momento de su construcción, para evitar se convierta en una exposición didáctica. Pero ello no quiere decir que el artista lo ignore. Como parte de su investigación Campins recorrió buena parte de los bunkers que se erigieron en Europa y algunos de los que existen en Estados Unidos y Cuba. Todos los que se apreciarán en esta exposición los visitó; en sala aparte se muestran sus registros fotográficos. 

La decisión eliminar las referencias y llevar la semblanza del bunker casi hasta la abstracción y con ello reforzar su anonimato tiene, entre otros propósitos, darle protagonismo al espacio. El artista se acerca al paisaje por la carga que tiene como escenario, por su teatralidad, por ser capaz por sí mismo de contarnos historias, de conmovernos, tenga o no la huella del hombre, si bien prefiere los lugares deshabitados.

Campins busca hacer llamados de atención desde el paisaje, le interesa potenciar su fuerza narrativa con todo lo positivo o negativo que pueda haber en él. Entiende que puede transformar el destino nefasto de los bunkers al pintarlos, transformar su poder oculto y destructivo al elevarlos a la categoría de arte. Y a través de sus representaciones hacernos pensar, pues ellos, como toda su pintura, constituyen metáforas de los problemas trascendentales de la existencia que percibe en los paisajes.